dilluns, 16 d’abril de 2012

¿El principio del fin?


Francí Xavier Muñoz | Diplomado en Humanidades

Releyendo a los primeros marxistas, llama la atención en muchos de ellos la predicción futura que hacen de que el capitalismo engendrará los elementos autodestructivos que lleven al proletariado a la conquista definitiva del poder político y, por tanto, a la transformación de la economía capitalista en socialista. Salvando las distancias, si hoy entendiéramos “proletariado” por “clases medias y populares” o “clases productivas”, y por “economía socialista” entendiéramos “economía social de mercado”, cabría preguntarse si la crisis actual (crisis del capitalismo financiero global) está engendrando los elementos autodestructivos para la economía capitalista.

La globalización del capitalismo financiero llevó a la economía global, si bien algunos dirán que fue la economía global la que llevó a la globalización del capitalismo financiero. Sea como fuere, con la globalización (facilitada por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, las famosas TIC) se inicia una nueva etapa del capitalismo, el financiero, después de las etapas precedentes (feudalismo, capitalismo mercantil o comercial, y capitalismo industrial). Esta nueva etapa del capitalismo (financiero y global) trastoca las economías nacionales haciéndolas competir a lo grande y por lo bajo, es decir, abaratando costes y vendiendo en un mercado global. Surge, además, un negocio dominante: la financiarización de la economía, es decir, la competencia empresarial en valor bursátil, no en valor real. La especulación financiera provoca una crisis sin parangón y genera unas respuestas políticas que conducen a salvaguardar, fundamentalmente, a los agentes principales de la economía global, es decir, a las grandes corporaciones transnacionales, sean estas empresas, bancos, entidades financieras o aseguradoras. Ellas son las que dominan el cotarro, económico y político.

La crisis financiera actual revela que la globalización económica está pensada para las grandes corporaciones, influida como está dicha globalización por el pensamiento económico neoliberal. Este pensamiento persigue la expulsión del Estado de casi toda actividad económica (de ahí el ataque al Estado del bienestar europeo que, para el pensamiento neoliberal, impide a la iniciativa privada la intervención empresarial en grandes sectores de negocio como la educación, la sanidad y las pensiones). El Estado, según el neoliberalismo, solo debe intervenir para ayudar a las grandes corporaciones. En el fondo, el pensamiento económico neoliberal se da la mano, por el extremo, con el anarquismo, que persigue también la expulsión del Estado, en este caso de la sociedad política. Todas las reformas que se intentaron en Latinoamérica y que se están implantando en Europa, con la ceguera cortoplacista típica de los pensamientos extremos, persiguen el mismo objetivo: extender una globalización económica para las grandes corporaciones, lo que conlleva un marco jurídico y fiscal adecuado, con la consiguiente reducción de derechos laborales e impuestos. Solo así las grandes corporaciones suplirán, en un futuro, al Estado en la actividad económica.

Ahora bien, esta globalización neoliberal conlleva la supeditación de los pequeños a los grandes, y eso incluye no solo a los trabajadores-consumidores sino también a los autónomos, pequeños y medianos empresarios. De seguir en esta línea, las grandes corporaciones barrerán del mercado a cualquier competidor intermedio. La competencia en cada sector se medirá en torno a muy pocas compañías. La globalización neoliberal contraviene, por tanto, los principios fundadores del liberalismo económico original (libertad para el individuo, para el mercado y para la propiedad), ese liberalismo que transformó regímenes autoritarios y absolutos en democracias liberales. ¿Qué libertad y qué propiedad habrá en un mercado global dominado por grandes corporaciones empresariales?

Pero, además, la globalización neoliberal dirige las economías nacionales hacia la exportación y la reducción del gasto público. Su receta para superar la crisis financiera consiste en reducir el gasto del Estado (y, por tanto, también su inversión en la economía) y en precarizar las condiciones laborales para orientar las economías nacionales exclusivamente a la exportación. Solo así se explica el desprecio hacia los salarios de los trabajadores que tienen los economistas, empresarios y políticos neoliberales. Tienen su razón particular: “si casi todo lo que producimos lo exportamos, ¿qué nos importa lo que puedan consumir nuestros trabajadores?”. Sin embargo, si se aplica la misma receta a todo el mercado global, países emergentes y países en recesión, ¿quién consumirá los productos, todos ellos exportados? ¿Llegará, entonces, una nueva crisis del capitalismo por sobreproducción, como son todas las crisis capitalistas? Y en ese escenario, con inmensos excedentes sin vender, ¿colapsará definitivamente el capitalismo, tal y como los primeros marxistas predecían? Porque la diferencia entre las crisis anteriores y la actual reside en que, antes, siempre hubo mercados nuevos que explotar a los que reorientar la sobreproducción. Sin embargo, si llegamos a una economía global toda exportadora, ¿qué nuevo mercados importará la sobreproducción global? ¿África? La economía global se sostenía, hasta hoy, por un equilibrio entre unos mercados consumidores compulsivos y unos mercados productores compulsivos también. Si, ahora, los países emergentes no crecen lo suficiente como para ser globalmente consumidores y los países en recesión se convierten en globalmente exportadores, el colapso del capitalismo global podría estar servido en bandeja.

Por tanto, igual que a partir de 1929 los gobiernos del mundo diseñaron una política expansionista, los gobiernos actuales deberían aprender de aquella experiencia, dándose cuenta de que, esta vez, puede no haber una segunda oportunidad. Entonces, la avaricia y la desregulación del capitalismo provocaron la Gran Depresión. Hoy, la misma avaricia y la misma desregulación han provocado la Gran Recesión. Entonces fue el momento de las políticas keynesianas, expansivas, inversoras, públicas. Hoy, la socialdemocracia tiene un grandísimo reto por delante. Mucho más que entonces porque, quizás, esté en juego la supervivencia del capitalismo tal y como se ha concebido hasta ahora. Y, quizás, la socialdemocracia tenga que alumbrar esa transición a la economía social de mercado (antigua economía socialista) donde las clases productivas, clases medias y populares (antiguo proletariado) sean las que marquen el camino. Quizá se cumpla aquel sueño de los primeros marxistas y, por fin, los de abajo dirijan un mundo asequible para el 100% de la ciudadanía, donde un 99% no sea dominado por un 1%. Quizá, para entonces, se cumpla el sueño del fin de la sociedad de clases y ese 1% se haya disuelto en la masa.